#3. El protagonista ve algo en el espejo que no debería estar ahí.

Al norte de las Colinas de Cristal se encuentra el Gran Valle. El reino, antaño fértil y lleno de vida, lucía oscuro y sin vegetación. De sus ríos, que décadas atrás eran caudalosos y estaban repletos de agua pura y nutritiva, solo quedan las profundas grietas sobre el relieve,  que fueron causadas por la erosión de las aguas durante siglos. Los lagos cristalinos se convirtieron en pantanos de agua turbia y la ciudad se quedó sin vida. Un enorme castillo de piedra se cierne sobre el valle, sus murallas están cubiertas de cristales que atrapan cualquier atisbo de luz que se refleje en ellos. Años atrás, el brillo de los cristales podía verse desde miles leguas de distancia, pero hoy día esa luz no era más fuerte que la de las brasas de una hoguera a punto de extinguirse.

La Reina Gracia, la actual mandataria del reino, está sumida en la lectura con el ceño fruncido. El enorme volumen narra la historia de la hegemonía de su pueblo y de cómo esto cambió tras morir su abuela. El poder del reino se basó durante siglos en la extracción de los cristales de luz que, una vez extraídas de las Colinas de Cristal, les proporcionaban calor y energía. El poder de los cristales dotó durante siglos a su reino de hegemonía y riqueza, su luz era tan poderosa que con un cristal de tan solo unos centímetros se generaba energía suficiente como para cocinar para toda la ciudad entera. Los utilizaban para generar calor, luz e incluso para hacer funcionar mecanismos que usaban para hacer funcionar los molinos y para sembrar y cosechar las tierras fértiles. La Reina Gracia recuerda aún como los cristales perdieron su luz pocos días antes del fallecimiento de su querida abuela. Los ríos se secaron y las tierras dejaron de dar frutos, dejando al pueblo sin alimento. En la actualidad, se necesitan muchos cristales para poder calentar un pequeño guiso y en la ciudad solo quedan los pocos que no tuvieron el valor de marcharse.

Gracia cierra el libro con un suspiró, se levanta y recorre la habitación con gesto preocupado. Se ha pasado los últimos años investigando sobre su pueblo, sobre el origen de su poder, tratando de encontrar alguna respuesta sobre los cristales y entender porque perdieron su luz. Dirige su mirada hacia la ventana y observa las Colinas de Cristal. Las leyendas cuentan que en su interior un cristal de color carmesí, tan brillante como el sol, alimentaba con su luz al resto de los cristales blancos y daba al que lo poseyera el poder para gobernar a todos los reinos. Cuentan que su abuela se lo llevó poco antes de morir, porque sabía que su ambicioso hijo, el padre de La Reina Gracia, tenía intención de robar el cristal cuando ella falleciera y declarar su reinado sobre todos. Cuentan que lo escondió para dejárselo a su verdadero heredero. Su padre ordenó registrar el reino muchas veces, tratando de encontrar el cristal y se pasó años obsesionado con esas historias. Envió exploradores a todos los reinos y mandó asesinar a todo aquel que sospechara que poseía el cristal. Su paranoia se incrementó con los años y acabó suicidándose en sus aposentos. La Reina, la única hija de éste, se convirtió en reina y lleva desde entonces tratando de encontrar alguna respuesta lógica, puesto que ella no creía en las leyendas de los campesinos.

Gracia se mira en el espejo, sus ojeras destacan sobre su piel amarillenta y ella observa su gesto, que es permanentemente serio. Entonces lo ve, tras ella hay en el suelo un baúl dorado decorado con cristales formando una estrella. La Reina mira hacia atrás, asustada, esperando encontrarse el baúl justo a su espalda. Pero detrás de ella no hay nada, sólo el suelo labrado en piedra. Vuelve a mirar al espejo y lo ve, con sus cristales resplandecientes, tal como Gracia los recordaba.

—No puede ser—dice de forma entrecortada mientras dirige la mirada nuevamente al suelo vacío que hay a su espalda.

Manda llamar al sirviente, que no ve ningún baúl ni nada parecido en el espejo. Justo antes de salir de la estancia dirige a La Reina una mirada preocupada. Ella sabe lo que él piensa, ella lo está pensando también: se ha vuelto loca, como le pasó a su padre. Los días siguientes sumen a Gracia en el pánico. Allá donde vaya, todos los espejos reflejan el cofre dorado postrado en el suelo, a su espalda. Puede verlo en el reflejo de los ventanales, y también ve cómo la miran los criados. Cómo susurran a sus espaldas al ver su pálido rostro mirando los espejos asustada.

Una de esas noches La Reina Gracia se despierta de sobresaltada, mira a su alrededor con una mirada desorientada respirando agitadamente. Manda llamar a Sir Francis, su más fiel consejero, que también lo había sido de su padre y su abuela.

— Me necesitaba su majestad—replica pausadamente Sir Francis visiblemente molesto con una bata sobre sus ropas de dormir.

—Sir Francis, perdóneme usted que le haya hecho salir de la cama estas horas. Pero este asunto no puede esperar—dice la Reina disculpándose—. He tenido un sueño muy extraño, mi abuela ha estado aquí. No me mire así Sir Francis, no se crea que no se lo que piensa. Pero estoy segura de que esto no es fruto de la locura. Mi abuela ha estado aquí, las leyendas eran ciertas, ella escondió el cristal carmesí en el baúl y se lo llevó de aquí. Quiere que lo encontremos y restablezcamos la hegemonía del pueblo.

Sir Francis le dirigió una mirada de profunda lástima que La Reina sólo había visto en contadas ocasiones. Respiró profundamente antes de hablar.

—Su majestad—le dijo tratando de parecer calmado—, ya hemos registrado el castillo muchas veces. El reino entero fue registrado, su padre se encargó bien de ello. No existe tal cristal. La luz no volverá señora, la perdimos hace mucho tiempo.

—Le digo que el cristal existe, está aquí, en el castillo, envía inmediatamente una carta al sacerdote. Quiero que esté aquí cuando antes, vamos abrir la tumba de mi difunta abuela.

—Pero, pero…su majestad—logró decir con los ojos como platos.

—No hay peros que valgan Sir Francis, haga lo que le digo—La Reina, que había estado dándole la espalda hasta entonces, se giró y calmando la voz añadió—. Por favor.

Unas horas más tarde, en la cripta de su abuela. Dos antiguos mineros golpeaban el cincel tratando de abrir la tumba. El sacerdote, que había gritado y luchado contra ese sacrílego, rezaba de rodillas sin mirar la escena . Y La Reina, acompañada de Sir Francis, aguardaba decidida. Pasados unos largos minutos, la tumba se abrió dejando escapar miles de motas de polvo de su interior. Al abrirla solo vieron el cuerpo de su abuela, que yacía envuelto en un tapiz de seda azul. Todos se volvieron a mirarla.

—Sacadla, quiero ver que hay debajo.

El sacerdote volvió a rezar cada vez más rápido. Tensaba el rostro y parecía a punto de desmayarse. Sir Francis apretó a los labios y, mirando a los mineros, asintió. Tras levantar la camilla donde la abuela de Gracia se postraba, un intenso brillo salió del interior del féretro, un brillo que todos llevaban demasiado tiempo sin ver. Pudieron ver el baúl dorado, tal y como La Reina Gracia había descrito, los cristales formando una estrella de cinco puntas y su relieve ornamentado. Esta se giró y miró a Sir Francis, que la miraba con los ojos muy abiertos.

La Reina se acercó cuidadosamente al baúl y acarició con cariño los cristales. Podía sentir la energía que desprendían. En la habitación parecía que nadie respiraba, como si los corazones de todos los presentes se hubieran parado junto con el paso del tiempo. Pasó la mano por el borde del baúl y encontró una pestaña. La levantó delicadamente y empujó hacia arriba la tapa. Todos los presentes cerraron los ojos, el brillo cegador de color carmesí se reflejó en todos los cristales de la estancia, que comenzaron a brillar a la vez, alimentándose de La Luz cegadora que nacía del baúl. Gracia tomó en su mano el cristal azul, que sorprendentemente era muy frío y miró alrededor. Todos los presentes la miraban con la boca abierta, no eran capaces de creer lo que estaban viendo, La Luz había regresado. O, mejor dicho, La Reina Gracia la había recuperado.

La Reina vio entonces como, uno a uno, incluído al sacerdote que había dejado de rezar y se había levantado, comenzaron a arrodillarse ante ella.

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