#2. Historia sin ningún adverbio-mente.

En una tranquila noche de verano en un barrio de Madrid. La brisa agitaba los rizos  pelirrojos de Karina que asomada a la ventana de su cuarto, esperaba a que su novio la recogiera. A pesar de que no llevaba mucho tiempo esperando movía la pierna con gesto impaciente, quería verla. Llevaba semanas dándole vueltas al asunto y a pesar de haber llegado ya varias veces a la misma conclusión, seguía sumiéndose en los mismos pensamientos.

Karina había conocido a Pablo al comenzar a estudiar medicina dos años atrás.                                        Eran compañeros de clase y pasaron a formar parte del mismo grupo de amigos. Por lo que no tardaron mucho en comenzar a salir. Al principio la relación fue muy bien, hasta que se conocieron. La primera vez que sus miradas se cruzaron Karina sintió que su corazón daba un vuelco. Alicia tenía una mirada profunda, nunca podías saber que pasaba por su cabeza. Las dos se cogieron cariño muy rápido y en tan sólo unas pocas semanas se volvieron inseparables. Y, a pesar de que habían pasado solo unos meses desde ese momento, Karina no podía evitar estar enamorada de ella. Era algo que nunca había dicho en voz alta y las veces que lo decía para sus adentros se negaba esa verdad que tan bien conocía. La relación con Pablo había sufrido mucho por este sentimiento, como es natural Karina se debatía entre la moral y el corazón casi cada minuto que pasaba despierta. Cada día dormía menos y se irritaba más con cada cosa que Pablo decía o hacía. Ella se sentía cada vez más culpable por toda la situación: por mentirse a sí misma y por mentir a Pablo.

Justo cuando ya comenzaba a desesperarse vio el coche de Pablo girar la esquina de su calle. De forma precipitada, Karina cogió sus cosas y salió de casa. Mientras lo hacía se le aceleró el corazón, no por la fiesta ni por Pablo: por Alicia. Tres días atrás habían estado a punto de besarse en el ascensor de la universidad. Las dos hicieron como que no había pasado nada pero Karina estaba segura de lo que había sentido.

— Hola, llegas tarde—replicó Karina mientras se subía al coche.

—Hola, lo siento—contestó Pablo con un tono que hizo que Karina se sintiera culpable—. Estás muy guapa.

Karina se sintió de repente muy incómoda. No quería oír que estaba guapa, al menos no de él.

—Gracias—contestó sin mucho entusiasmo.

Pasaron todo el trayecto en silencio, Karina miraba por la ventana mientras Pablo alternaba la vista entre la carretera y ella, parecía preocupado. Cuando pararon Pablo tuvo el coraje de hablar.

—Oye Karina, ya te lo he preguntado muchas veces. Pero estás muy rara, de verdad si no quieres seguir con lo nuestro…si sientes algo por otra persona—dijo diciendo cerrando un poco los ojos en gesto de dolor, Karina se sentía cada vez peor—. No dudes en decírmelo Karina. Ya no sé qué más hacer para volver agradarte.

Karina no supo qué contestar. Pese a tener la verdad en la punta de la lengua no era capaz de decirla. Pero entonces Karina le miró, y lo vio mirándola con los ojos llenos de lágrimas. Esos ojos verdes que antes era todo su mundo y que significaban tan poco ahora. Decidió ser valiente por él, porque se merecía alguien que le quisiera.

—Pablo, la verdad es que sí que tengo algo que decirte. Yo, yo…—dijo Karina con voz áspera—Pablo, lo siento de verdad, no quería que esto pasara. Pero ya no siento lo mismo, mereces que al menos te sea sincera.

Quince minutos después, amargas lágrimas recorrían el rostro de Karina que estaba sentada en un banco a veinte metros de la entrada de la fiesta. Su móvil comenzó a sonar y, pese a lo triste que estaba, su pulso se aceleró al ver que ella la estaba llamando. Miró hacia la puerta del local y allí estaba. No pasaron demasiados segundos hasta que Alicia la vió, dudó un segundo y se acercó hacia ella con urgencia. Una hora más tarde, Karina ya reía otra vez mientras miraba a Alicia embelesada. Habían ido a casa de esta y bebían de una recién estrenada botella de vino blanco. Charlaban animadamente y se acercaban cada vez más. Cuando ya tenían ambas las mejillas coloradas de la bebida, Karina se sintió valiente.

—Ali, tengo que decirte algo… Bueno, quizás ya lo sepas. No estoy segura de porqué te lo digo, pero no aguanto más—dijo Karina con voz temblorosa. No se atrevía a levantar la vista de su copa.

Al alzar la mirada, se encontró con aquellos ojos. La miraban más penetrante que nunca, sentía que su mirada podía atravesar su piel y ver su corazón latiendo desbocado. Karina no fue capaz de hablar, no pudo mover ni un músculo. Ya temía que ella le rechazara, sabía que esa posibilidad existía. De hecho, si no hubiera sido por el episodio del ascensor ella nunca hubiera sido capaz de confesarlo. No tuvo que esperar mucho, Alicia sonrió de una forma que nunca Karina había visto. Su mirada era cómplice, sentía la picaresca de su forma de mirarla. Por primera vez, supo que estaba pensando.

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