#1. Propósitos de Año Nuevo.

El último amanecer del año comenzaba a proyectar sus rayos de luz a través de las ventanas, Cristina aún continuaba sumergida en sus sueños. La desordenada habitación se llenaba de reflejos anaranjados y los sueños de la chica parecían volverse incómodos. Se revolvió durante unos minutos tensando el rostro y, antes de que terminara de salir el sol por el horizonte, se despertó bruscamente. Sus ojos castaños recorrieron la habitación como si buscara alguna señal de peligro, unos segundos después volvió a dejarse caer en la cama con un suspiro. Dirigió su mirada al reloj que en su estantería marcaba las siete de la mañana.

—Treinta y uno de diciembre…—murmuró con desgana.

Siguió tumbada en la cama durante un largo tiempo sumida en sus pensamientos, que viajaban a lo largo de recuerdos amargos. Cristina recordó lo que había sucedido los últimos años; desde que se enteró que sus padres iban a divorciarse y  que su madre había tenido un amante durante décadas. Al principio, ella no entendió como su padre no se percató de sus idas y venidas. De cómo sus congresos y conferencias fuera de la ciudad no encajaban del todo con sus escapadas de fin de semana con amigas. De cómo ella había podido tener una doble vida delante de sus narices y haber estado tan ciego. Aquél día el mundo dejó de girar para Cristina, quien tenía como un ideal la relación de sus padres desde que era una niña. Después de superar una pequeña fase de desconcierto, y otra no tan pequeña de negación, comenzó a odiar a su padre. Echándole la culpa de que su madre tuviera que huir a los brazos del otro. Le reprochaba que no hubiera estado más pendiente de ella y de sus sentimientos.

—¡Qué gilipollas!—exclamó en voz alta al recordar aquel sentimiento tan ridículo—Papá no podía evitarlo.

En esa fase su resentimiento dio un giro y ella cambió el foco de su ira hacia su madre. La había decepcionado como madre y como mujer, solía decirse Cristina para sí misma. Queriendo convencerse a sí misma de que una es menos madre o menos mujer por ello. Cuando lo que ella no quería admitir es que le dolió que su madre no pensara en ella y en sus hermanas cuando se acostaba con otro hombre. Porque ella tenía claro que no lo hubiera hecho si hubiera pensado en ellas. Desde ese momento Cristina cortó la relación con su madre. Dejó de cogerle el teléfono y de responder a sus mensajes y comunicó a sus hermanas que no quería volver a tener relación con la señora, como la llamaba ahora. Sus hermanas no estuvieron de acuerdo con esa decisión y, tras una larga discusión, dejaron de hablarse. Después de dos años en esa situación, en la que Cristina había celebrado sola ya dos Nochebuenas y dos Nocheviejas, dos semanas antes una de sus hermanas le escribió para que celebrase con ellos la Nochevieja si quería. El sobrino de Cristina estaba a punto de cumplir un año y aún no lo había conocido. Por tanto Cristina había accedido a su invitación y esa noche se reuniría otra vez con su familia.

Cristina, cansada ya de pensar, se levantó por fin de la cama torpemente y miró su tablón de corcho. Ahí se encontraba la lista de propósitos que se había propuesto al principio de ese año y en la que sólo quedaba una cosa por tachar: “Ver al menos una vez a mi familia”.

Suspiró esperanzada, parecía que por fin iba a cumplirlo aunque fuera el último día del año.

—Dicen que es mejor tarde que nunca—expresó en voz alta mordiéndose las uñas con nerviosismo.

Unas horas más tarde, Cristina ya se encontraba preparada para salir. Los nervios la habían atrapado y las manos le temblaban mientras metía sus cosas en el bolso. Estaba ya a punto de salir cuando el móvil comenzó a vibrar en el bolsillo de su pantalón.

—¿Diga?

—Cristina, soy Teresa—contestó su interlocutora con voz seria.

—Hola, ¿qué tal todo?—saludó Cristina con voz temblorosa al oír la voz de su hermana mayor.

—Oye, quería decirte que sería mejor que no vinieras hoy. La casa se nos ha quedado sin luz y hasta mañana nadie nos lo puede solucionar. Iremos todos a casa de mamá, pero no creo que le hiciera gracia que venga—alegó con voz que quería simular tristeza—.Lo siento Cristina, de verdad.

Cristina permaneció en silencio durante algunos segundos mientras trataba de aceptar lo que acababa de oír. Sintió que su corazón se fracturaba otra vez, y gracias a la misma persona. Estaba a punto de contestar cuando sonó el timbre. Ella miró extrañada a la puerta y, frunciendo el ceño, se excusó con su hermana rápidamente y se acercó a la puerta. Sin saber porqué, se emociono al pensar quién estaría detrás de la puerta. Por un momento pensó que su padre había vuelto del Nepal para sorprenderla. Al abrir la puerta, no fue capaz ni siquiera de pestañear, su madre la miraba como si se preparara para defenderse.

Tras un minuto que pasó tan despacio como una semana. Las dos permanecieron mirándose en silencio. Cristina no sabía qué hacer, se debatía entre la ira y la nostalgia al recordar su propósito de año nuevo: que se estaba cumpliendo en ese mismo instante. Entonces su madre habló con voz frágil.

—Cristina, lo siento—le dijo su madre agachando la cabeza.

Eso era demasiado para Cristina, la niña que había sido quince años atrás salió de ella y abrazó a su madre entre sollozos. No podía odiarla sin odiarse a sí misma por hacerlo. Era hora de dejar a un lado su recién cumplido propósito y sustituirlo por uno nuevo: “No dejar de ver a mi familia”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s